Tu equilibrio le debe funcionar también a los que quieres

Hace varios años, Mateo de unos 4 años aprox, me tuve que tragar mis palabras cuando me dí cuenta que había caído en el tan criticado por mí “Vas a llorar por eso?? Ay Mateo por favor! Por eso no se llora!” Creo firmemente que a los niños y a todas las personas hay que dejarles expresar sus emociones cualquiera que sean y validárselas, no hacerlos sentir peor por lo que están sintiendo. Pero aunque lo crea, tengo mis miedos y mis problemas no resueltos que los niños son expertos en activar, y con él se da comúnmente cuando lo veo (en mi cabezita) débil ante alguna situación.

 

El día que me di cuenta que me estaba comportando tal como no me gusta, algo le pasó que le llamé para que volteara esperando verlo triste, y lo que vi cuando volteó fue una mueca de lo más horrenda que no se me sale de la cabeza. Trataba de sonreír en vez de llorar (ocasionando que se le deformara la cara) por el miedo de que yo me enfureciera y gritara histérica que no venía al caso, que ya párale, no exageres, no pasa nada, etc. Se me rompió el corazón. Vi su tristeza y me enterneció pero vi su miedo, (pánico!) de que me hiciera enojar, y me quise morir. Nunca pensé que mis palabras tuvieran tanto impacto en él.

 

Glennon Doyle Melton en Carry On Warrior cuenta una anécdota con su esposo que me hizo reír (de esas risas donde te ríes para no llorar, como trataba de hacerlo Mateo).   Un día le dijo a su marido que la oliera, porque sentía que de verdad apestaba. Y el le contestó para su sorpresa que sí, apestaba. Que todos apestaban. Que era humedad y que toda su ropa olía así. Que siempre apestaban. Y respondiendo a su “Y como por qué no me habías dicho?!”, le dijo “Me daba miedo. Te pones muy sensible cuando te hablo de cosas de la casa…”   “Ok, osea que para aclarar, prefieres apestar todo el día en tu oficina y que nuestro hijo sea el apestoso de su escuela con tal de no hacerme enojar??” A lo que el sin dudar contestó: “Claro! Prefiero. Definitivamente.”

 

Me acordé de esto justo ayer, cuando Mateo como alma noble y generosa y servicial que es, estaba recogiendo las muñecas de Jimena del suelo para que Hoshi la perrita no las mordiera. Las puso en el bufetero, y (accidentalmente para él pero por no tener cuidado para mí, como siempre) tiró un adorno que no me hubiera gustado nada que se rompiera. Oí el ruidazo y me asomé ya imaginándome que aparte se iba a rayar la madera etc, y lo primero que vi no fue el adorno sino la carita traumada de Mateo viéndome y tratando de solucionar inmediatamente lo que hizo. Después de decir lo primero que se te viene, algo como “Mateo!! Ten más cuidado por favor!”, me di cuenta de lo que estaba haciendo. Tratando de ayudar a Jimena recogiendo sus cosas. Pude calmarme antes de seguir haciendo caras y quejándome de que no es cuidadoso, etc. Tampoco crean que soy una bruja histérica, pero simplemente la cara de hartazgo, de cansancio, de desesperación te delata, y para un niño tan sensible como Mateo esto puede significar: Estás mal. Siempre la riegas. Hay algo que no me gusta de ti. Me desesperas, me hartas. Tienes la culpa de que yo me ponga así. O cualquier variación de esto. Bueno pues pude contenerme mientras seguía haciendo la cena y cuando le dije que ya estaba lista llegó con Hoshi en un brazo y con el otro agarró su plato. Preocupada de que se le iba a caer le pedí que bajara a Hoshi y claro, lo hizo mientras sostenía el plato, y se agachó tanto con mucho cuidado para que Hoshi no se cayera o golpeara, que terminó volteando el plato tirando sus tostadas de aguacate. Viendo el embarradero Mateo no sabía si primero llevar a Hoshi a otra parte para que no hiciera más mugrero o primero limpiar el piso o qué hacer, pero no hacía nada porque no me podía quitar la mirada de encima. Reconocí otra vez su carita de miedo, y se me volvió a partir el corazón. Dije no es posible que mi hijo tenga tanto miedo de mis reacciones… Pero eso lo dije rato después, ya que me cayó el 20. Primero le dije mi típico “Es bromaaaa! No puede ser, desde que te vi cargando las dos cosas ya sabía que se te iba a caer una.   Tienes que tener más cuidado, bla bla bla.” Y la peor, que hasta me da pena contar pero es la verdad: “Te debería dejar sin cenar! No quiero pero debería, porque ya sabes que el plato se toma con las dos manos y te dio flojera…” Se me revuelve la panza de pensar que le dije eso. Calladito y muy obediente se puso a recoger, mientras yo me vi desde fuera y lo vi a él 20 años después, casándose con alguien que lo trajera marcando el paso y él tragándose todo. Y dije “No. Mi hijo no tiene por qué tener miedo a equivocarse ni a provocar un accidente. Eso no puede lastimar su sentido de valía y autoestima. Quiero que aprenda a caerse y levantarse y el miedo lo único que hace es paralizarlo, darle más fuerza al error que a su intención de ayudar y de hacer bien las cosas. Si quiero que mi hijo siempre dé su mayor esfuerzo tengo que celebrarle sus esfuerzos y minimizar sus caídas. Si no quiero que deje de hacer cosas por temor a equivocarse, tengo que dejar de inspirarle tanto miedo con la sola mirada de exasperación cuando algo sale mal.”

 

Y en esas estoy. Entiendo lo que debo hacer pero a veces batallo, como nos sucede a todos. Pero el punto que quiero hacer aquí es este: Aunque creas que tu Equilibrio te funciona a ti, si no le funciona a la gente que quieres, entonces no es cierto que te funcione. La mayoría de la gente me felicita y me comenta de lo bien portado que es Mateo. Yo podría aprovechar que él es así de obediente y bueno y sensible, etc. y estar muy agusto de que con la pura mirada lo controlo y lo manejo a mi antojo. Pero eso no es educar. Y eso es provocarle un daño en su autoestima y su confianza en él mismo. Es además hacer que vaya guardando ira y rencor por la injusticia, que no sabe cómo sacar (porque le va peor). Es hacerle daño en muchos niveles hasta llegar a provocar mi futureada elección de una pareja que no me gustaría nada. La disciplina en mi casa funciona muy bien. Yo podría estar muy cómoda y seguir permitiéndome esas regañizas y esos ojos de adolescente (que sí acepto, sí los hago). Al parecer funcionan de maravilla para el orden y disciplina. Pero a él no le funciona. Y si quiero lo mejor para él, tengo que ver más allá de la superficie. Tengo que darle espacio y permiso de equivocarse y de caerse, sin juicios, sin tomarlo tan enserio, sin proyectar mis propios miedos y traumes no resueltos.

 

Platiqué con él y le di las gracias por haber ayudado con las muñecas y luego con el adorno que salvó de que se cayera, con Hoshi para bajarla con tanto cariño y cuidado, y luego por recoger la cena del piso. Le aseguré que los accidentes pasan y no tienen importancia, que sabía que su intención era buena y que simplemente hay que preveer lo que puede pasar, pero que así se aprende. Y ya no pasó a más. En la noche me abrazó como de costumbre con tanto amor que me hizo sentir peor por lo que hice. Benditos niños que perdonan tan fácil. Yo batallé más en perdonarme a mí misma. Y lo que me ayuda a seguirme perdonando siempre es saber que mínimo no me acomodo, no me sordeo, veo lo que estoy modelando en ellos y si estoy inspirando lo que quiero o no. Y eso es todo lo que puedo hacer. Corregir el rumbo una y otra vez y tratar de recuperar o de ajustar ese Equilibrio que a veces pierdo, teniendo en mente, que para que de verdad me funcione a mí, tiene que funcionarle a la gente que quiero.

 

 

 

 

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